Spring Doesn't Come to Everyone

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planned Mini, written 8 pages, 4,611 words, 1 chapter
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El fin de lo que fue.

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Estaciona su carro frente a una unidad de edificios, su nuevo hogar. Se siente algo animado, pero a la vez abrumado por los retos nuevos que le llegarán a esta etapa de su vida. Pensar que la primera vez fue difícil mudarse, esta vez es más complicado. Esa ocasión solo era él, con una mochila con las pocas pertenencias que pudo sacar de su casa y el deseo de jugar al adulto con su novio de la preparatoria. Ahora no solo es una mochila con poca ropa, son varias cajas y maletas de ropa. Agregando que esta vez no está solo. No ha sido muy fácil para él, desdebuscar un lugar donde pueda rentar sin tener que cortar la alimentación o endeudarse con préstamos que le cobran el triple por el interés, hasta poder traer algunas de sus pertenencias. No se queja del lugar, las primeras veces que vino a verlo sintió que es muy tranquilo, incluso su casero le asegura que podría pasar el resto de su vida en ese departamento. Para él es suficiente que haya dos habitaciones, una pequeña estancia para comer y la cocina. Lo mejor es que está cerca de su trabajo, hay tiendas cercanas y pudo ver que hay un parque cerca, además de que queda una estación de tren a unas cuantas cuadras. Lo malo es que siente que va a ser más difícil estando solo, puesto que estará solo, debe ser más responsable y organizado. Se lamenta mucho no haber visto cómo su novio se dedicaba a realizar los pagos de impuestos y aprender a cocinar como él, pero hará su mayor esfuerzo. Suspira con profundidad mientras toma las llaves para comenzar a bajar todas las cajas y empezar a guardar todo en su nuevo hogar. Lo bueno es que lo pesado ya lo han traído anteriormente y solo son objetos de uso personal. Es un óptimo lugar para volver a iniciar su vida. Aunque no está del todo solo. Abre la puerta trasera para encontrarse con unos enormes ojos dorados mirándolos con curiosidad y determinación. Su cabello rubio le llega a la altura de la barbilla y apenas comienzan a decolorarse las puntas a un tono rojizo, el símbolo de su familia. Para él no hay nada más importante que ese pequeño pedacito de cielo que lo ha acompañado desde la primera vez que salió de casa. —Mami, ¿esta es la casa en la que vamos a vivir ahora? —inquiere la pequeña. —Si, Hikari. Aquí vamos a vivir —le contesta Kyojuro mientras le quita el cinturón para ayudar a bajar a la niña. La menor baja del carro con ayuda del mayor, colocándose una mochila lila sobre su espalda y abrazando un conejo blanco de peluche. Sin separarse del rubio, caminan por el interior del lugar con las cajas en mano. Le llama la atención que hay flores fuera de algunos departamentos. El departamento se encuentra en el tercer piso, en medio de otros dos, por lo que es posible que se pueda escuchar lo que ocurre en los departamentos de al lado o incluso las pisadas del que está arriba. Ambos se quedan mirando por un momento la estancia que conduce directo a la sala. Es un lugar muy pequeño a comparación del hogar en el que vivían. Se lamenta mucho no poder tener más flujo de dinero para poder pagar un alquiler de un lugar más amplio, pero se asegura que en algún momento ambos podrán salir. Ayuda a desempacar primero a su hija para que esté más cómoda y no se sienta extraña con este cambio. Habló con Hikari cuando tomó la decisión de mudarse, ella sólo aceptó con tal de seguir a su mamá. —¿También voy a cambiar de escuela? —inquiere la pequeña. —No, seguirás en la misma y podrás ver a tus amigos —le responde Kyojuro. —¿Y papá? Siente cómo su estómago se revuelve, aprieta los labios para evitar que se forme un nudo en la garganta. Voltea a ver a la pequeña, quien abre demasiado esos ojos dorados que son los mismos de su padre, con esas pestañas largas que resaltan en su rostro. Sabe que será difícil para su hija estos cambios nuevos, sobre todo porque se ha acostumbrado a que sus padres vivan bajo el mismo techo. Su padre habló con ella esa mañana, diciéndole que se seguirán viendo, pero no como siempre lo hacían. —Papá estará en su casa, pero lo verás mañana. ¿No es así? Quedó de llevarte al cine e ir por un helado. —¡Si! Papá prometió no dejarme de querer y nos seguiremos viendo —explica la pequeña. —Así que no debes preocuparte. Aunque papá y mamá ya no vivan juntos, podrás seguir viéndolo los fines de semana y los miércoles que vaya por ti a la escuela —continúa Kyojuro. —¿Y tú mamá? ¿No vas a extrañar a papá? Esa frase golpea directamente a su corazón. La razón por la que se está separando de él es porque ya no funcionan y todo el tiempo están peleando. Por supuesto que aún siente amor por él, no es como que de un momento a otro lo dejara de amar. Él decidió salirse de casa para tomar un respiro de la relación. —Claro que extrañaré a papá —contesta Kyojuro con el corazón roto, aguantándose el deseo de llorar frente a ella—. Pero lo mejor es que cada quien se quede en su casa. Es claro que la pequeña no entiende muchísimo las palabras y Kyojuro trata de no decirle más, no quisiera que la niña se ponga triste. Desempacar sus cosas le remueve muchísimo recuerdos, cosas que compraron juntos, otras que fueron como un regalo. Jamás pasó por su mente que tendría que separarse de la persona que ama. Desea poder desahogarse y no precisamente con un amigo, si no con su madre. Es de los momentos en donde más la necesita y no poder tener la oportunidad de hablar con ella. Su madre falleció poco después del parto de su segundo hijo, Kyojuro apenas tenía seis años cuando ocurrió y le dolió la pérdida. Su padre ya no era un hombre alegre, el padre que jugaba con él y lo cuidaba en los momentos que tenía miedo, pero jamás descuidó a sus hijos. Solo fue cuestión de que Kyojuro tomara una mala decisión y las cosas no salieron bien. Huyó cuando vio esa prueba de embarazo marcar un antes y un después en su vida. Se siente aún culpable de haberse ido de casa y dejar a Senjuro, pero tenía sus razones y si su padre se enteraba de que su novio no era alguien ejemplar, que se había embarazado antes de tiempo, las cosas serían totalmente diferentes. Es posible que ni siquiera hubiera cargado a su pequeña. La primera noche lejos de su anterior casa no la pasa nada bien. No logra dormir, intentando escuchar meditaciones, leyendo algo o incluso cerrar los ojos. Puede escuchar los ruidos de los demás departamentos, la televisión que se ha quedado prendida; sonido de las pisadas en alguno de los departamentos de arriba; el sonido de la intemperie. Se queda mirando el techo, luchando en no pensar que se ha equivocado tomar La decisión de separarse, creyendo que aún pueden luchar por su amor. Pero no es suficiente amarse si la comunicación no está fluyendo como debería. El psicólogo que están viendo sugirió que sería mejor que se separaran. Su esposo no quería que se separaran, quería que lucharan juntos y pudieran volver a equilibrar las cosas entre ellos, pero Kyojuro aceptó la idea de tomarse un tiempo antes de transformar a algo más tóxico en el que no habrá retorno y eso podría afectar a su hija. Tiene el corazón roto, sintiendo que no tiene la posibilidad de sanar si las cosas no salen bien. Le cuesta trabajo respirar y no puede evitar llorar, las lágrimas salen y trata que no sea sonoro para qué su pequeña no escuche. Quisiera llamarle y decirle que aún tienen la oportunidad de arreglar las cosas, ser esa pareja feliz que se prometió la vida llena de felicidad y amor; aquellos chicos que crecieron y se apoyaron hasta el último día. No recuerda en qué momento se quedó dormido, pero por las dificultad de abrir los ojos, sentirlos secos e hinchados significa que no dejó de llorar por mucho tiempo. Tampoco le sorprende encontrar un pequeño bulto pegado a su cuerpo proporcionado calor. Kyojuro sonríe enternecido de ver a su pequeña, seguro tuvo una mala pesadilla y es por eso que se ha metido entre las sábanas buscando protección. Siempre lo hace y no le molesta en absoluto, solo espera que no lo haya encontrado llorando. No ve su vida de diferentes formas sin ella, es su adoración, su felicidad y no la cambiaría por nada del mundo. Hará lo que sea para que al ella nunca le falte nada, apoyarla en todo momento y sienta la confianza de acudir con él cuando necesite apoyo. Las lágrimas se acumulan sobre sus ojos, sintiéndose solo en ese mundo, incapaz de poder luchar estando roto. Desearía ser aún más para Hikari, la luz que iluminó su vida desde que llegó a su vida. —Mamita, ya no llores —susurra adormilada la niña. Entonces se dio cuenta de que ha estado llorando muchísimo. Los Niños se dan cuenta con facilidad, por más que uno intente ocultarlo. Acaricia su mejilla con suavidad, provocando que abra sus ojos de golpe. —Buenos días, mami. —Buenos días, mi pequeña. ¿Dormiste bien? —Si, aunque sentía que debía venir contigo. Kyojuro la acerca más para darle un fuerte abrazo. Si no fuera por Hikari, él estaría totalmente solo y sin ninguna esperanza de continuar su vida. De todas las decisiones que ha tomado en toda su vida que no duda ni por un segundo es haber tenido a Hikari. No se imagina su vida sin ella. Hará lo que sea para que su hija esté bien y no pase por una situación en la que tenga que huir de casa. No le importaría lo que llegar a pasar. Para él es importante su hija. Esa mañana le prepara hotcakes para desayunar, junto con un poco de fruta picada. Si no fuera porque pasó al supermercado antes de llegar a esa casa, no tendrían nada que comer, aún no termina de desempacar. Quizá ese día pueda aprovechar que Hikari pasará tiempo con su padre. Cuando sirve los platos sobre la mesa, encuentra que su pequeña se ha colocado un vestido hermoso color azulado. Una parte de él se le rompe de pensar que en esa salida ya no va a estar con ellos, ya no son la familia unidad. Se muerde el labio para evitar llorar frente a su hija y trata de pensar en qué podría hacer de comer para esa tarde… o pedir comida, porque su esposo era quien cocinaba. —Mamá, ¿por qué no te has vestido? Papá no tarda en venir por nosotros —le dice la pequeña. Sintiéndose sensible cualquier cosa lo va a romper. Se voltea para ir a la cocina y empezar a guardar los hotcakes congelados y cualquier otra cosa que lo mantenga de espaldas para que su hija no vea como se le llena los ojos de las lágrimas. —No cariño, yo no iré. Voy a quedarme a terminar de desempacar —contesta Kyojuro. —Entonces le decimos a papá para que sea más rápido y podamos salir todos —continúa la niña. Sabe que no lo hace con malicia, no puede decirle que él y su Padre se están separando, tomando distancia para saber si pueden o no arreglar la relación. Inhala aire y lo exhala con lentitud, controlando el nudo de su garganta. —No cariño. Esta salida es solo para ti y papá. Yo me quedaré en casa para preparar la comida y terminar de desempacar. Además, voy a… Salir con tu tío Tengen. —¡El tío Tengen! —a la niña se le ilumina los ojos, se levanta de la mesa corriendo para ir a su habitación y luego vuelve con unas hojas en mano—. Le hice un dibujo para que se lo entregues. Kyojuro observa los dibujos de su pequeña hija, encontrando varios, entre esos uno de su amigo con los ratones que tanto le gusta; Otro lleno de muchas flores y mariposas con colores muy llamativos y otro donde está ella tomando de la mano a sus padres. Kyojuro siente que están rompiendo la burbuja de la niña, ella era feliz teniendo a sus padres juntos. Debía aguantar los problemas para no separar a su familia. —Este se lo voy a dar a papá —cuenta la niña separando ese último. —Está muy bonito —susurra Kyojuro. Siente que el tiempo del desayuno pasa muy lento. Kyojuro ve el reloj varias veces, al igual que su celular para asegurarse de que no haya perdido algún mensaje de él o hubiese llamado sin darse cuenta. Aunque también aún no es la hora acordada. Cada sonido en su celular le hace brincar su corazón y alterar el ritmo de su respiración. Kyojuro suspira cuando ve que son mensajes de cadena del grupo de la oficina o alguna notificación de una red mundial. Pero el momento más esperado para Hikari, pero no para Kyojuro llega Puntual. La llamada entra al teléfono y el omega se paraliza. Se muerde el labio y antes de contestar inhala Y exhala dos veces. —¿Hola? —Hola, Estoy por llegar, ¿qué departamento es? Su corazón se estruja de escuchar su voz y siente un leve golpe en el estómago. —Es el 203. —Bien, dile a Hikari que ya llegaré. —Se lo diré. Y corta la llamada. Kyojuro debe empezar a trabajar con Lo que la terapeuta le sugirió cada que tenga deseos de ir detrás de Akaza. Busca a su hija quien está frente al lavabo sobre un pequeño banco lavándose los dientes. Kyojuro se acerca de inmediato para peinar su cabello con una trenza atada con un moño. —Ya va a llegar papá. ¿Estás lista? —¡Si! Han pasado un poco más de 24 horas desde que se separaron, la herida es fresca y tener que mantenerse tranquilo sin muestras de sentimientos le es complicado para el omega. Está tan absorto en sus pensamientos que al escuchar el timbre de la puerta lo altera muchísimo. Camina con pasos tambaleantes o eso es lo que siente él, y nuevamente hace un par de respiraciones antes de abrir la puerta. ¿Está listo para volver a verlo? ¿Es posible que pueda estarlo en algún momento? Abre la puerta para encontrarse con el alfa del que sigue totalmente enamorado, el padre de su hija y posiblemente el amor de su vida. El pelirrosa también se nota triste y tiene un par de bolsas debajo de su rostro. Se ve que ha llorado también, pero su postura dice otra cosa. —Akaza —susurra el rubio. —Hola, Kyojuro. Quisiera decirle muchas cosas, pero no puede dar marcha atrás. Es parte de salir adelante y sanar toda herida. Quizá ambos puedan dejar esto a un lado. Muchas palabras atoradas en sus gargantas, muchas cosas por decir y lágrimas derramadas. Pero deben ser firmes, no pueden flaquear o nada de esta separación servirá. —Hikari —la voz de Kyojuro se quiebra un poco al llamar a su hija. Aclara su garganta—. Hikari, tu padre está aquí. Ambos se quedan en un silencio incómodo mientras esperan que llegue su hija. No puede evitar pensar en decirle algo a Akaza, como decirle ¿Qué ha hecho mal? Deberían poder lograr comunicarse y decir las cosas, externar lo que uno siente, que no haya malos entendidos, pero siente que tampoco es bueno. La pequeña niña llega con unos pequeños brincos y al momento de ver a su padre, toma carrera para lanzarse a sus brazos. —¡Papi! —exclama la menor. —Hola, mi pequeña —Akaza se agacha para poder recibirla en sus brazos. Kyojuro sonríe enternecido, es demasiado notorio que la niña ama a su padre. —¿Estás lista para este maravilloso fin de semana? —le pregunta Akaza. —¡Si! Akaza se reincorpora para ver a Kyojuro, notando que el chico sonríe levemente mientras mira a su hija. Piensa en decirle algo, pero teme que él lo tome mal, como siempre, y mejor lo guarda. —Volveremos mañana antes de las 8 —solo dice eso de forma seria. Kyojuro reconoce la mirada de Akaza, quiere decirle algo y no se atreve por miedo a que vaya a reaccionar mal. No lo culpa, ha sido así últimamente la comunicación o lo poco que queda. —Está bien, diviértanse —es lo único que le dice. La puerta se cierra con unclicsordo que parece retumbar en todo el departamento. Kyojuro no se mueve. Se queda con la frente apoyada en la madera, los ojos cerrados. Escucha sus propios latidos. Siente el eco del silencio recorrer cada rincón. Hikari ya no está. Akaza tampoco. Está solo otra vez. Con un suspiro tembloroso, se aparta de la puerta y camina lentamente hacia la cocina. El departamento luce demasiado grande sin la risa de su hija llenando el aire, sin los pasitos desordenados por el pasillo. Todo parece más frío. Se sirve una taza de té, aunque no tiene hambre ni sed. Solo necesita hacer algo, cualquier cosa, para no quedarse quieto. El vapor sube en espirales suaves mientras se sienta en la mesa del comedor, los dedos rodeando la taza caliente. Un fin de semana entero sin Hikari. Un fin de semana entero sin verla dormir, sin prepararle el desayuno, sin escuchar sus cuentos inventados antes de dormir. El vacío que deja es enorme. Insoportable. Pero es necesario. Kyojuro lo sabe. Es parte del acuerdo. Es parte de aprender a vivir de nuevo, separados. Y, sobre todo, es por Hikari. Ella no debe cargar con las decisiones de sus padres, con los errores, con las ausencias. Merece tener ambos mundos sin sentirse dividida entre ellos. Lleva la taza a los labios, pero el sabor le resulta insípido. La deja a un lado y se levanta para caminar hacia el pequeño cuarto de su hija. Abre la puerta con cuidado, como si aún estuviera dormida allí. La cama está tendida, los peluches ordenados, los libros en su lugar. Todo huele a ella. Se sienta en el borde de la cama, acaricia una mantita de conejitos que aún conserva desde bebé. La aprieta contra el pecho. Entonces, la primera lágrima se desliza sin permiso. Luego otra. Y otra más. Llora en silencio. Por todo. Por la soledad. Por el amor que aún no muere. Por el miedo a no ser suficiente. Por la rabia contenida. Por las veces que cayó. Por las veces que gritó. Por Akaza. Por él. Por ambos. Cuando el llanto cede, le queda un leve dolor en el pecho. Pero también cierta calma. Como si soltar esa carga le diera permiso para respirar un poco mejor. Recuerda las palabras de su terapeuta:No te castigues por sentir. No intentes borrar tu dolor. Acompáñalo. Abrázalo. Solo así se vuelve más liviano. Flashback ~ El olor a desinfectante es fuerte, estéril, casi incómodo… pero no logra opacar el calor que se siente dentro de la habitación. La noche cae con lentitud detrás del ventanal, y las luces de la ciudad parpadean como luciérnagas lejanas. Todo está en calma, salvo por el suave pitido del monitor y la respiración diminuta de la bebé que duerme entre los brazos de Kyojuro. Él la sostiene con una mezcla de torpeza y devoción, sin dejar de mirarla. Sus dedos tiemblan un poco, agotados por el esfuerzo, por el dolor. Pero hay algo más fuerte que cualquier herida: el amor que le explota dentro del pecho. La puerta se abre con un chirrido suave. Akaza entra con pasos tensos, los ojos un poco desorbitados, como si hubiera corrido todo el camino. En una mano lleva una bolsa con jugo y algo de comida que olvidará por completo en cuanto ve a Kyojuro y a la bebé. —Llegaste —susurra Kyojuro, con una sonrisa tenue. —Nunca estuve lejos —responde Akaza, dejando la bolsa en la silla sin mirar. Se acerca, con cuidado—. ¿Puedo…? Kyojuro asiente. Le pasa a la bebé con movimientos delicados, y Akaza la recibe como si le confiaran un pedazo del universo. La abraza contra su pecho, asombrado por su tamaño, por su fragilidad, por la calidez que emana de ese cuerpecito. —Es tan pequeña… y tan perfecta —murmura—. No puedo creerlo. ¿Cómo puede ser tan perfecta si nosotros…? —Nosotros la hicimos —responde Kyojuro, tocándole la cara con los dedos—. Y ahora tenemos que cuidarla. Juntos. Akaza asiente, tragando saliva. Sus ojos se humedecen, pero no se aparta. Mira a su hija como si fuera lo más sagrado. —Vamos a ser los mejores padres —dice, y su voz tiembla solo un poco—. Te lo juro, Kyojuro. No voy a dejar que le falte nada. Ni a ella… ni a ti. —Vamos a hacerlo funcionar. Aunque nadie nos apoye. Aunque el mundo entero esté en contra. La bebé se mueve apenas, y ambos bajan la vista como si el tiempo se detuviera para ese instante. El amor se siente denso, como una manta tibia envolviéndolos. —¿Recuerdas que soñábamos con una casa llena de ventanales? —pregunta Akaza de pronto, con una sonrisa suave. —Sí. Para que entre toda la luz del sol… —Kyojuro cierra los ojos brevemente—. Y un jardín lleno de flores para que pueda jugar cuando aprenda a caminar. —Vamos a hacerlo realidad. No sé cómo. Pero contigo puedo. Akaza se sienta al borde de la cama. Inclina la frente hasta tocar la de Kyojuro, en un gesto que es una promesa muda, un anhelo compartido. —Nos escapamos, nos quedamos sin nada… pero ahora tenemos todo —murmura—. Ella. Tú. Y esta vida que apenas comienza. —Yo tampoco necesito más —responde Kyojuro, cerrando los ojos. La bebé emite un ruidito apenas audible, y los dos se ríen en voz baja. La ternura los envuelve por completo. Y en esa noche sin estrellas, dentro de un cuarto iluminado solo por la promesa del amor, Akaza y Kyojuro prometen una primavera eterna. Peresa casa nunca llegó. Tampoco ninguna de las promesas que se hicieron. No funcionó como esperaban. ~~ Se pone de pie, se seca las lágrimas con el dorso de la mano y vuelve al salón. Tiene la tarde libre. Y también tiene una lista de ejercicios que la terapeuta le dio. Se supone que debe llenarla con cosas que le hagan bien. Pequeños rituales que le recuerden quién es sin Akaza. Quién puede ser ahora. Qué es lo que quiere en la relación, los valores que busca en su pareja. Busca su libreta. La abre. En la primera página, escrita con su caligrafía firme pero temblorosa, está la frase:“No se trata de olvidar. Se trata de aprender a vivir con el recuerdo.” Suspira con profundidad, sin tener alguna idea de como continuar con esa libreta e ir llenando los ejercicios que le han pedido. Se va en busca de sus audífonos y toma sus tenis para salir de casa. Una de las cosas que necesita para calmar su ansiedad es caminar y escuchar música. Kyojuro no sabe cuánto tiempo lleva caminando. Solo va dejando que sus pies lo guíen, sin apuro, sin rumbo. Las calles del vecindario aún le son algo desconocidas, aunque se ha prometido explorarlas poco a poco. El aire es fresco, con el aroma suave de los árboles en flor y el murmullo lejano del tránsito de la avenida principal. A medida que se adentra en una zona más residencial, las casas parecen más tranquilas, muchas con jardineras cuidadas y faroles encendidos a medida que cae el atardecer. Es un lugar bonito, acogedor, aunque aún no lo siente como “hogar”. Dobla una esquina llegando a los jardines principales del conjunto de edificios. No hay muchos niños en esos momentos, pero tampoco se ve del todo solitario. Quizá le guste traer más seguido a Hikari en estos lugares, por lo que se propone hacerlo en los siguientes días. Encuentra un chico sentado solo en una banca al lado de una pequeña área verde. Tiene el cabello oscuro, largo y ligeramente desordenado, y una expresión tan perdida en sí misma que parece no notar nada a su alrededor. Sus hombros están algo encogidos, la vista clavada en el vacío frente a él. No lleva abrigo, aunque el viento sopla un poco frío. Kyojuro desacelera al instante, casi sin darse cuenta. Hay algo en él que le resulta familiar. No porque lo conozca, sino por la tristeza que lleva a cuestas. La misma que él siente apretándole el pecho. Pasa de largo. O al menos eso intenta. Pero sus pasos se detienen apenas unos metros más adelante. Mira de reojo. El chico sigue ahí, como si no se moviera desde hace horas. Como si estuviera hecho de sombras suaves. El omega duda. No es alguien que suela meterse en asuntos ajenos. Y, sin embargo, algo lo empuja. Tal vez el simple hecho de que, por una vez, no quiere sentirse tan solo en su dolor. Tal vez porque verlo le recuerda que otros también cargan sus propias tormentas. Da la vuelta y se acerca lentamente. Mantiene una distancia prudente, pero suficiente para que el otro pueda escucharlo. —¿Estás bien? La pregunta sale más suave de lo que esperaba, casi como un susurro llevado por el viento. El chico levanta la mirada, algo desconcertado. Tiene unos ojos profundos, azules como un lago en invierno, y bajo ellos hay ojeras marcadas. No parece molesto por la interrupción, solo sorprendido. —Ah —parpadea un par de veces—. Sí. Solo... estoy pensando. Kyojuro asiente, sin moverse aún. —A veces ayuda no hacerlo solo —continua el rubio. Un silencio se acomoda entre ellos. El pelinegro lo observa con atención, como si midiera la sinceridad de sus palabras. Finalmente, se corre un poco en la banca, apenas unos centímetros, pero es suficiente. Kyojuro se sienta, dejando un espacio respetuoso entre ambos. No lo mira directamente, solo observa el vaivén de las ramas y la forma en que el cielo empieza a teñirse de naranja. —Me llamo Rengoku Kyojuro —dice después de un rato. Su voz suena más firme ahora, más abierta. —Tomioka Giyuu —responde el otro, bajando la mirada por un segundo. —Es un nombre bonito. Giyuu se encoge un poco de hombros, como si no supiera cómo reaccionar ante el cumplido. Kyojuro se da cuenta que es un omega, por el collar que lleva en su cuello, uno que suelen llevarlo para evitar que algún alfa lo marque. —¿Vives cerca de aquí? —pregunta Kyojuro. —Sí. En el edificio gris de la otra calle. ¿Y tú? —Vivo en ese mismo edificio, en el departamento 203. Giyuu asiente lentamente, como si uniendo las piezas en su mente. Después, vuelve a guardar silencio. Pero es un silencio distinto ahora. No es incómodo, ni pesado. Es uno de esos silencios que a veces dicen más que las palabras. Durante unos minutos, simplemente se quedan así. Juntos, pero sin presionar. Dos extraños que por un instante no se sienten tan extraños. Dos corazones rotos que respiran el mismo aire. Finalmente, Kyojuro se pone de pie. Se estira un poco y sonríe, cálido, aunque con los ojos tristes. —Fue bueno encontrarte, Tomioka. Espero que podamos hablar otra vez. Giyuu lo observa, y aunque su expresión no cambia demasiado, susurra: —Yo también. Kyojuro se despide con una leve inclinación de cabeza y se aleja. Mientras camina de regreso a casa, siente que el peso en su pecho es apenas un poco más liviano. No porque todo esté mejor, sino porque ya no se siente tan solo. Y sin saberlo del todo, algo ha comenzado a cambiar.

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